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Donde quiera que él la miraba… ahí encontraba su Paraíso.

 

Se había extenuado Dios durante siete días en crear un hermoso paraíso, el más bello que pudiese existir, y para ello, había traído los jardines colgantes de Babilonia, había puesto gardenias españolas, guirnaldas francesas, cascadas de Iguazú, rosas de Castilla, madreselvas del Amazonas, un par de cenotes yucatecos, míticos quetzales de excelso plumaje, ruiseñores de entrañable voz, golondrinas que exaltaban el canto y la poesía, nenúfares en los lagos, peces de caprichosas formas y colores, y un millón de especies más, (todas éstas antes de que se extinguieran); pero de todo ello, Adán y apenas se daba cuenta. Él seguía aburrido, melancólico, indiferente, a disgusto, no convencido y hasta taciturno (si es que ese sentimiento ya podía sentirse), hasta que el Señor, bastante preocupado, le preguntó:

– ¿Qué tienes Adán?

– Nada… 

– ¿Por qué estás triste? 

– Ni yo lo sé…

– ¿No te basta mi compañía?

– Pues sí, pero…

– ¿Qué te falta?

– Me siento vacío, incompleto…

– ¿Con tantas cosas hermosas en el jardín?

– Como que me falta algo…

Y ahí seguía cabizbajo y desabrido, hasta que el Señor, ávido en su pensamiento, se dijo a sí mismo:

– Bueno, bueno, tengo que crear algo para este hombre, que lo reanime;

Y fue en ese momento cuando apareció Eva. Y entonces sí, Adán al verla, exclamó con fuerte voz:

– Ayayay ¡Ahora sí, ésta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos!

Y a partir de aquel momento, donde quiera que Adán la miraba… ¡Ahí encontraba su paraíso!

 

+Alfonso G. Miranda Guardiola

@monsmiranda

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